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viernes, 11 de junio de 2010

Sapo de otro pozo


El clima refresca, me obliga a entrelazarme en un abrigo. Esa tela caliente que tanto me satisface, que me da tanto placer.

El frío me comprime, me incomoda, me hace estremecer, me acurruco un poco más entre mi abrigo y la pared.

Edificio viejo, lleno de historias, de lágrimas, de risas, de desdichas y alegrías. Personas ensimismadas en sus quehaceres, en sus estudios, sus papeles; Perdidas en sus pensamientos.

Levanto la vista, me mira, se interpone entre nosotros el zumbido de una abeja, y allá va, se escabulle en un vaso chorreando chocolate y se ahoga en el placer de su dulzura.

Paso el rato contando pájaros en el verde que se interpone entre aquel que me mira y yo.

Todos esperan, algunos se conocen, se saludan con simpleza, cruzan unas palabras y se encierran otra vez.

Corre una brisa, me impacienta, me pierdo observando como aquellos pájaros revolotean en el pasto, peleando por comida.

Me invade un silencio lleno de ruido, un poco de verde y tres pisos repletos de intelectuales. Miro el suelo, me reencuentro con la abeja agonizante que se sacude un poco y se hecha a volar.

Hay rojos, violetas, rosas, pero yo solo puedo ver el verde y toda la vida oculta en él.

De repente, una voz se acerca, se sienta a mi lado y saca su papel, uno más que espera, ensimismado en su quehacer.

Se toma un momento, me observa, levanto la vista..

-: Disculpame, ¿Fuego, tenés?

Y ahí va, la primera persona que se percata de mi existencia, sin contar a aquel que me mira y por supuesto la abeja que se acerca otra vez.

SY.
28.04.10

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