Hace mucho quiero escribir.
No encuentro las palabras, no me salen.
Esta última semana fue un torbellino de emociones.
Todo porque esta vez fue diferente.
Esta vez encontré un lugar. Un espacio del que, por primera vez, no me quería desprender.
Tiene unas tremendas raíces fuertemente abrazadas a la tierra. Cuando este lugar te elige, prende una especie de pepita brillante adentro del pecho.
Una vez que se prende no se apaga jamás, es algo que vibra bien fuerte adentro.
Cada vez que atravesás el umbral esas grandes y fuertes raíces te abrazan y ya no te podés ir.
Lo digo en serio. No puedo contar la cantidad de veces que me despedí de los presentes para hacerlo de nuevo horas más tarde. Eso que vibra en mi pecho quiere estar, esa energía que circula te invita a tomarte una birra más.
Conocí esa casa hace unos 3 años. Siempre de afuera, preguntandome ¿Qué había atrás? ¿Qué hacían esas personas? ¿Es un centro cultural o son un montón de amigos con buena onda? Esta librería es fantástica.
Siempre apurada para ir a trabajar caminaba por la puerta chusmeando, queriendo saber un poco más.
Hace un año tuve el placer de entrar. Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que pasé por la puerta espejada del Bohío hacia la casa. ¡Es enorme! pensé. Ese día me maravillé con los murales, la música, las risas, la cerveza. Era como un mundo secreto escondido detrás de una librería en un rincón de Buenos Aires. Ese día me enamoré de cada aspecto de aquel mundo, en especial de los abrazos. Todos me abrazaron cuando llegué. Nadie me conocía y me sentí en casa.
El tiempo pasó y fue sólo hace unos meses tuve la fortuna de comenzar a trabajar en ese mágico lugar. Pocas veces disfruté tanto de laburar.
Recuerdo un día en particular, sentada en la ventana de la barra mirando a lo lejos como todo funcionaba. ¡Que suerte tengo! Nunca me hubiera imaginado que terminaría trabajando en aquel lugar misterioso al que nunca entraba pero siempre me llamó tanto la atención. ¿Quién lo hubiera imaginado?
Para mi La Casa del Árbol es un abrazo gigante hecho casa, hecho momentos y ahora divido en personas. Cada uno de nosotros se lleva tanto de ese lugar. Yo personalmente me llevo risas, bailes, besos, omelettes, anécdotas, juegos, mates, chinchines de vino ó cerveza y sobretodo mucho, mucho amor.
Este lugar fue para mí una oportunidad de sentir algo nuevo.
Quienes me conocen saben que no tengo apego por nada material, ningún espacio físico. No tengo casa de la infancia, ni a donde volver cuando me siento perdida. Desde que nací me enseñaron a mudarme y dejar atrás todo lo que sentía de alguna manera mío.
Esta semana me descubrí abrazando cada pared de este lugar que se llevó mi corazón.
Ahora estoy pintando todo de blanco y las lágrimas caen sin parar.
No se si es tristeza porque se termina, felicidad porque tuve la oportunidad de formar parte o emoción porque en cada pared rasqueteada me doy cuenta que lo que acá vibra me lo llevo en el pecho para plantarlo en otro lugar.
Una amiga me dijo hace unos días "El Árbol no se termina, vive en el imaginario colectivo. La Casa del Árbol son ustedes."
Cuando pienso en este lugar siento profundo agradecimiento por lo compartido y por lo que vendrá junto a un grupo de personas de una calidad humana inigualable.
Gracias por tanto arbolito de mi corazón.
S.Y.
31-08-2017